Plots
IV
Con el tiempo, todo lo que es posible, ocurre... es una cualidad fundamental de la teoría de la probabilidad.
Publicado por
Emilio Moyano
I
–El tren pasa una sola vez, amigo.
–Eso es lo de menos… Lo que me preocupa es que no sé hacia dónde va.
–Ah. El futuro. Eso es lo que te preocupa, ¿verdad? El futuro no existe. El futuro no es lo que uno va a vivir; sino lo que uno cree que va a vivir...

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Emilio Moyano
El beso
Después de aquel beso, alejaron sus rostros lentamente. Estaban sentados en el sillón del living, debajo de un enorme cuadro que parecía pintado con manchas de sangre. Se habían conocido la semana anterior, en una fiesta de casamiento. No había demasiados motivos para que las cosas hubiesen funcionado tan rápido. Simplemente se habían dejado llevar; un par de mensajes por teléfono, una extensa conversación a través de Internet, una cena y un café en el departamento, y luego, aquella situación de apretar su boca contra la boca de ella, separándole los labios abruptamente, sin demasiadas vueltas. Al principio hubo un incómodo silencio. Él se retiró un poco, sentándose más al borde del sillón, y entrelazó sus manos. La ventana que daba a la calle estaba abierta, una larga cortina de gasa azul entraba y salía con la oscilación del viento. Reflexionó durante algunos instantes hasta que al fin se decidió a hablar. Encendió un cigarrillo y bla, bla, bla, bla. Mientras lo hacía, a ella se le fueron empequeñeciendo las pupilas, tomaron la forma de dos puntos insignificantes, como si le hubieran estado abriendo una herida, como si de repente hubiera descubierto cómo fue que había empezado todo y cómo habría de terminar. El mundo, pensó, era eso, la totalidad de los hechos... El mundo era la totalidad de los hechos.
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Emilio Moyano
Así es la vida
Una tarde de verano, en que nada era suficiente para aplacar el calor del sol, estábamos practicando básquet en la sede del Club Bella Vista. Había mucho movimiento bajo aquel tinglado; algunos jugaban a las cartas, sentados en círculo alrededor de una mesa, otros jugaban a las bochas. Como era sábado, el escenario se había llenado de extraños. A la noche actuaba La Sonora Dany y había que preparar los equipos. Lo recuerdo porque fue ese mismo día cuando nos enteramos de que la señora de Benavides había jugado, en otra época, en la escuadra femenina de básquet del club.
Era bastante alta para ser mujer. Vestía siempre pantalones de jeans y usaba el pelo corto, a la manera de un varón. Atendía el bufete y siempre nos convidaba con un vaso de soda fresca después que terminábamos de jugar. En aquella ocasión, me acuerdo, se acercó y nos pidió la pelota. Al principio lo tomamos como una broma; tímidamente detuvimos el partido y le entregamos el balón. Con cierta suspicacia nos dijo que en ese tablero había anotado puntos inolvidables. “Eran otros tiempos -agregó-; aunque, claro, sobre estos mismo mosaicos... Nos pasábamos una rodaja de limón por la suela de las zapatillas para no resbalarnos”. Luego le dio una última pitada al cigarrillo que estaba fumando, me lo pasó para que se lo sostuviera, y empezó a picar la pelota en el piso con ambas manos.
Se había posicionado un poco más allá de la línea de los tiros libres. Miraba fijamente el aro como si éste la hubiera hipnotizado. Nosotros nos ubicamos un poco más atrás, lejos del área de rebote, queríamos tener un mayor panorama de la situación. Nadie había hablado de apuestas, no obstante, ella parecía estar bajo esa clase de expectativas. Se mantuvo así unos instantes hasta que al fin levantó la pelota, la colocó a la altura de su hombro derecho y, sin la ayuda de la otra mano, la arrojó en dirección del tablero.
La fuerza del lanzamiento hizo que su cuerpo perdiera un poco el equilibrio. Pero de inmediato logró recuperarlo dando un paso hacia adelante.
La pelota se estrelló contra el soporte y salió disparaba para el costado de la cancha. Seguidamente, a todos nos envolvió un signo de decepción.
“Así es la vida”, dijo la señora de Benavides. “A veces pega y cae adentro. A veces pega y sale afuera… Así es la vida, muchachos… Así es la vida”. Entonces se refregó los dedos en el pantalón, me pidió que le devolviera el cigarrillo y regresó a ocupar su puesto en el mostrador del bufete.
Era bastante alta para ser mujer. Vestía siempre pantalones de jeans y usaba el pelo corto, a la manera de un varón. Atendía el bufete y siempre nos convidaba con un vaso de soda fresca después que terminábamos de jugar. En aquella ocasión, me acuerdo, se acercó y nos pidió la pelota. Al principio lo tomamos como una broma; tímidamente detuvimos el partido y le entregamos el balón. Con cierta suspicacia nos dijo que en ese tablero había anotado puntos inolvidables. “Eran otros tiempos -agregó-; aunque, claro, sobre estos mismo mosaicos... Nos pasábamos una rodaja de limón por la suela de las zapatillas para no resbalarnos”. Luego le dio una última pitada al cigarrillo que estaba fumando, me lo pasó para que se lo sostuviera, y empezó a picar la pelota en el piso con ambas manos.
Se había posicionado un poco más allá de la línea de los tiros libres. Miraba fijamente el aro como si éste la hubiera hipnotizado. Nosotros nos ubicamos un poco más atrás, lejos del área de rebote, queríamos tener un mayor panorama de la situación. Nadie había hablado de apuestas, no obstante, ella parecía estar bajo esa clase de expectativas. Se mantuvo así unos instantes hasta que al fin levantó la pelota, la colocó a la altura de su hombro derecho y, sin la ayuda de la otra mano, la arrojó en dirección del tablero.
La fuerza del lanzamiento hizo que su cuerpo perdiera un poco el equilibrio. Pero de inmediato logró recuperarlo dando un paso hacia adelante.
La pelota se estrelló contra el soporte y salió disparaba para el costado de la cancha. Seguidamente, a todos nos envolvió un signo de decepción.
“Así es la vida”, dijo la señora de Benavides. “A veces pega y cae adentro. A veces pega y sale afuera… Así es la vida, muchachos… Así es la vida”. Entonces se refregó los dedos en el pantalón, me pidió que le devolviera el cigarrillo y regresó a ocupar su puesto en el mostrador del bufete.
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Emilio Moyano
Eso que esperas está fuera de tu control
1
2
3
Compré "Il piccolo libro delle risposte" en Torino, en el 2005. Tiene el tamaño de una billetera. En aquella oportunidad, apenas lo abrí, la primera frase que encontré fue la siguiente: “Eso que esperas está fuera de tu control”.
2
A unas cuadras del negocio, me hallaba totalmente perdido. No obstante, seguí adelante. Quería conocer el hotel donde se había suicidado Pavese. Le pregunté a una mujer, bastante mayor. Me miró unos segundos con desconfianza, después me respondió: "Usa l'immaginazionne".
3
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Emilio Moyano
Transformación
Había entrado al quirófano a eso de las diez. No tenía mucho sentido, pero se habían visto obligados a hacerlo, como una última medida. Me quedé a pasar la noche en la sala de espera, sentado contra la pared y tapado con un abrigo. Salvo una enfermera que a eso de las tres y media me avisó que todavía lo estaban operando, no hubo otro movimiento. Por eso, cuando un rato más tarde apareció el médico, con su guardapolvo impecable y prolijamente afeitado, me incorporé como si hubiese entrado el comandante de una embarcación.
–Lo siento mucho –dijo mirándome fijamente a los ojos–. Se hizo todo lo que se pudo. Más allá de que los pronósticos no eran favorables, no quedaba otra que intervenirlo.
–Lo entiendo, doctor.
–Era un hombre muy simpático. El día que lo trajeron a la terapia intensiva, le preguntamos cómo estaba y nos dijo: “ustedes sólo hagan su trabajo, que yo haré el mío. Si se ocupan de darme los sedantes, yo voy a hacer todo lo posible para mantenerme vivo”.
–No tuvo sufrimiento, ¿verdad?
–No. No se preocupe. Su aparato digestivo estaba completado helado, no tenía vida... Algunos no recomiendan esta clase de operaciones; lo habrá oído. Pero nuestro deber es hacer todo lo que resulta científicamente posible.
–No soy quién para juzgarlo, doctor, yo mismo le di la autorización. Si pensara de otra manera, no habría aceptado su propuesta…
–Va a ser mejor que descanse un poco; usted no debe haber dormido en toda la noche, y le espera una larga jornada de trámites y burocracia, amigo... Estaré en la guardia por si me necesita –agregó y me dio un cálido apretón de manos. Luego se fue por la misma puerta por donde había entrado.
A partir de ese momento, las cosas empezarían a cambiar. Desde luego, no se trataba de que me hallaba a las puertas de obtener un punto de vista acabado sobre la existencia. Aún no podía comprender qué significado tenía todo aquello para mi vida. Sin embargo, en los días posteriores, el mundo se habría de desmoronar. La fragilidad de saber que yo era el próximo de la lista, de pronto, empezaría a perturbarme como una sombra. Y después que lo enterramos, de los fraternales abrazos de los parientes y los silencios interminables, me encontré totalmente vacío, pensando mucho en él, tratando de descubrir quién había sido, mientras miraba sus fotos y acomodaba su placard. A partir de entonces, mi padre se habría de convertir en un simple recuerdo. Entender eso era como hacerlo morir de nuevo.
–Lo siento mucho –dijo mirándome fijamente a los ojos–. Se hizo todo lo que se pudo. Más allá de que los pronósticos no eran favorables, no quedaba otra que intervenirlo.
–Lo entiendo, doctor.
–Era un hombre muy simpático. El día que lo trajeron a la terapia intensiva, le preguntamos cómo estaba y nos dijo: “ustedes sólo hagan su trabajo, que yo haré el mío. Si se ocupan de darme los sedantes, yo voy a hacer todo lo posible para mantenerme vivo”.
–No tuvo sufrimiento, ¿verdad?
–No. No se preocupe. Su aparato digestivo estaba completado helado, no tenía vida... Algunos no recomiendan esta clase de operaciones; lo habrá oído. Pero nuestro deber es hacer todo lo que resulta científicamente posible.
–No soy quién para juzgarlo, doctor, yo mismo le di la autorización. Si pensara de otra manera, no habría aceptado su propuesta…
–Va a ser mejor que descanse un poco; usted no debe haber dormido en toda la noche, y le espera una larga jornada de trámites y burocracia, amigo... Estaré en la guardia por si me necesita –agregó y me dio un cálido apretón de manos. Luego se fue por la misma puerta por donde había entrado.
A partir de ese momento, las cosas empezarían a cambiar. Desde luego, no se trataba de que me hallaba a las puertas de obtener un punto de vista acabado sobre la existencia. Aún no podía comprender qué significado tenía todo aquello para mi vida. Sin embargo, en los días posteriores, el mundo se habría de desmoronar. La fragilidad de saber que yo era el próximo de la lista, de pronto, empezaría a perturbarme como una sombra. Y después que lo enterramos, de los fraternales abrazos de los parientes y los silencios interminables, me encontré totalmente vacío, pensando mucho en él, tratando de descubrir quién había sido, mientras miraba sus fotos y acomodaba su placard. A partir de entonces, mi padre se habría de convertir en un simple recuerdo. Entender eso era como hacerlo morir de nuevo.
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Emilio Moyano
Atmósfera
El taxi se detuvo frente al café. El chofer se bajó, se dirigió hasta la parte de atrás del coche y extrajo una maleta. Inés la tomó y le pagó el viaje. Había tanto silencio alrededor que tranquilamente se podía escuchar cómo aquel hombre cerraba el baúl y luego encendía el motor.
Ella entró y se acercó a la mesa, con una mano arrastraba el equipaje y con la otra sostenía un paquete de pañuelos de papel. Sus desplazamientos eran lentos, imprecisos, como si hubiera perdido la destreza. Afuera, en el bulevar, en la frivolidad del bulevar, no había más que tipos haciendo footing, árboles viejos, y palomas que comían en los canteros.
Después de saludarme, miró hacia los ventanales; tal vez para prorrogar un poco más el tiempo, tal vez para retardar ese prefacio que necesitan aquellos que hace mucho que no se ven. Fue una situación embarazosa, afortunadamente se terminó cuando vino el mozo y nos preguntó qué íbamos a querer. Inés apoyó el pañuelo sobre su falda y pidió un cortado. “Café solo”, dije yo. El mozo se alejó y me quedé contemplando las fotografías que había en la pared. Habría jurado que no tenían importancia, que sólo eran viejas imágenes familiares. Sin embargo, ella me comentó que pertenecían a un grupo de poetas.
—La generación del ’27 –añadió tras levantar nuevamente su pañuelo y limpiarse la punta de la nariz.
—¿Sí?
—Sí… Ves ése de ahí, el segundo desde la izquierda, bueno, es Federico García Lorca…
Hubo otro largo instante de silencio. Después de todo, no tenía nada para decir, era ella la que me había citado a esa hora, a ese lugar, era ella la que quería hablar conmigo.
—Acabo de dejar a Luis –resumió finalmente.
—¿Luis?
—Sí, Luis; cargué una parte de mis cosas, le dejé una nota en un papel y me fui.
No sé si me hallaba lo suficientemente entero como para oír lo que ella me estaba diciendo, o si de pronto me había vuelto un ser insensible y nada me importaba; lo cierto fue que me acomodé en la silla y esperé que continuara con el relato, como si nada, bajo un invulnerable estado de equilibrio, con la impresión de estar en un mundo paralelo; despierto a lo que me rodeaba pero al mismo tiempo separado de todo.
—El pasado sostenía nuestra relación. ¿Qué es el pasado? Nada, el pasado no existe, no se puede ver ni tocar. ¿Te das cuenta? En el fondo, no había nada que sostuviera nuestra relación, sólo el hecho de estarla comparando todo el tiempo con situaciones anteriores, con situaciones que han sido más agradables, sin dudas; eso era lo único que nos permitía pasar de un día al otro y seguir adelante… Así se fueron todos estos últimos años. Luis no se daba cuenta. Todo lo contrario, para él, lo único que existía era el futuro. “Esto ya va a pasar”, “Estamos atravesando una crisis pero vamos a salir”. Para él no había presente, ¿me explico? Todo lo enfocaba hacia lo que presuntamente iba a venir… Y yo me quedaba en el medio, suspendida entre el pasado, los buenos recuerdos, etcétera, y el futuro y su falsa promesa de que las cosas iban a cambiar… ¡Atrapada entre dos momentos, dos ideas, que no existían…!
En ese instante nos interrumpió el mozo. Descargó los pocillos y los vasitos de soda. Volví la mirada hacia su rostro y sentí que me avergonzaba.
—Si todo esto te molesta, Juan, nos ponemos a hablar de otra cosa. No tengo problemas.
—No. No me molesta para nada. Sólo que… no sé qué decirte…
—Leí en un libro que cuando algo le interesa a un hombre, las pupilas se le agrandan y los ojos le brillan de otra manera.
—¿De verdad?
—Sí. Pero los tuyos se ven normales. Supongo que si estuviéramos hablando de política o de filosofía, ya se habrían encendido. ¿No? –remarcó mientras se limpiaba otra vez la nariz con el pañuelo.
No le hice caso. Traté de mantener distancia. No quería aceptar que ella fuera la misma mujer que alguna vez me había enamorado. Tampoco quería aceptar que no tenía la más mínima idea de cómo debía comportarme. Sólo moví la cuchara en círculos para que se disolviera el azúcar en el café y no volví a abrir la boca hasta que ella terminó de hablar.
—No es que quiera generalizar, claro, pero a ustedes los hombres sólo les interesa hablar sobre cuestiones abstractas, como el fundamento de las cosas, la situación del mundo, etcétera. Las mujeres, en cambio, preferimos hablar sobre la vida; cuando estamos bien hablamos de lo que les pasa a los demás, en qué anda tal, qué es de la vida de fulana; y cuando estamos mal hablamos de nosotras mismas. ¿Me explico? Ustedes son idealistas; nosotras estamos más conectadas con la realidad. Al menos, eso es lo que pienso, esa es la conclusión a la que he llegado después de compartir tanto tiempo con Luis… A él, el mundo se le estaba viniendo encima y no se daba cuenta. No se planteaba por qué vivíamos juntos. Simplemente lo hacía. Se levantaba temprano, preparaba los desayunos, se vestía y después se iba a la empresa donde trabajaba como administrador. Mi vida era más o menos lo mismo, con la diferencia de que, en el fondo, yo no la aceptaba, no estaba de acuerdo. Por la noche, yo llegaba primero y en menos de diez minutos preparaba algo de comer; un plato que a una persona normal le hubiese llevado casi una hora de preparación, a mí me llevaba dos segundos. ¿Te das cuenta? Necesitaba que pasara rápido el tiempo… Después él venía, abría y cerraba la puerta; dejaba su maletín en el perchero, nos dábamos un beso, cenábamos y nos íbamos a dormir… Esa era nuestra rutina. Además, no sabés lo que es ese departamento: un dedal. Tiene un solo dormitorio y, para poder andar con comodidad, sin estorbarnos, nunca le habíamos puesto muebles… Tampoco colgamos nada en las paredes; ni un cuadro, ni una foto; nada, como el pasillo de un hospital. A alguna gente le gusta, piensa que es minimalismo, una nueva forma de decoración. Sin embargo, no es así; la realidad es que a ninguno de los dos jamás nos importó cambiarlo. Así lo alquilamos y así quedó… Muchas veces me he preguntado por qué no le dimos otro aspecto, no sé, por qué no hicimos algo para transformarlo. ¿Y sabés qué? Estoy convencida de que fue así porque de algún modo necesitábamos representar nuestro vacío, materializarlo, necesitábamos convertir lo que sentíamos en algo concreto… Así funciona nuestra mente; tiende a ver aquello que no se puede ver…
Siguió hablando durante una media hora sin parar. Recién cuando notó que el cortado se le estaba enfriando, hizo una pausa, lo levantó y se lo bebió todo de un solo trago. Llevaba puesta una remera de verano; cada tanto, antes de decir algo que le podía avergonzar, agarraba uno de los breteles y se lo acomodaba encima del hombro. Sus padres habían fallecido en un accidente automovilístico, me dijo, iban de vacaciones a San Bernardo y chocaron de frente contra una camioneta. De alguna forma, esa tragedia había acelerado los pasos, le había abierto las puertas a otros pensamientos, a mirar las cosas desde otra perspectiva. Y con el paso del tiempo le otorgó las fuerzas que necesitaba para alejarse de Luis y del departamento.
—Hoy a la siesta, volví del trabajo, junté algo de ropa, te llamé por teléfono, después busqué una lapicera y, como no sabía bien qué era lo que quería escribir, simplemente, me despedí: “No voya estar por unos días. No te preocupes. Cuidáte mucho”… Y eso ha sido todo –dijo para terminar.
Me recosté sobre la silla, y después de pasarme la mano por el pelo y ordenar un poco lo que ocurría en mi mente, le pregunté:
—¿Y qué vas a hacer ahora?
—¿Cómo que qué voy a hacer ahora?
—Sí. Eso. ¿Cuáles son los próximos pasos?
—Nada. Por ahora voy a estar unos días con mi abuela. Las dos necesitamos compañía. Después, no sé…
—¿Y por qué se te ocurrió llamarme?
—Uf… Es muy largo para contártelo –dio vuelta la muñeca y miró la hora en el reloj–. Mi abuela me está esperando. Pero otro día nos juntamos y la seguimos. ¿Te parece? Tenés que hablarme un poco de vos también. ¿O no?
Intenté darle una respuesta pero no pude, temía que las palabras se convirtiesen en una especie de juramento, en una garantía de lo que más adelante iba a suceder. Ella hurgó en el bolsillo de la maleta y sacó la plata para pagar la cuenta; después me extendió una tarjeta personal.
—Este es el teléfono de mi trabajo –indicó–. Voy a tener el celular apagado por unos días, así que cualquier cosa que te haga falta me llamás ahí…
Nos pusimos de pie. Ella me tomó del brazo y me dio un beso en la mejilla. Agregó algunos detalles más a la situación, pero no los entendí. Simplemente volví a sentarme. Unos metros antes de salir a la vereda, se dio la vuelta y me saludó de nuevo, moviendo la palma de la mano. Siempre recuerdo esa imagen, como si se tratara de la última vez que la vi; afirmada sobre aquella maleta de viaje, apretando el paquete de pañuelos de papel. Una atmósfera. Nada más que eso. Una atmósfera de lo que parecía ser el fin.
Ella entró y se acercó a la mesa, con una mano arrastraba el equipaje y con la otra sostenía un paquete de pañuelos de papel. Sus desplazamientos eran lentos, imprecisos, como si hubiera perdido la destreza. Afuera, en el bulevar, en la frivolidad del bulevar, no había más que tipos haciendo footing, árboles viejos, y palomas que comían en los canteros.
Después de saludarme, miró hacia los ventanales; tal vez para prorrogar un poco más el tiempo, tal vez para retardar ese prefacio que necesitan aquellos que hace mucho que no se ven. Fue una situación embarazosa, afortunadamente se terminó cuando vino el mozo y nos preguntó qué íbamos a querer. Inés apoyó el pañuelo sobre su falda y pidió un cortado. “Café solo”, dije yo. El mozo se alejó y me quedé contemplando las fotografías que había en la pared. Habría jurado que no tenían importancia, que sólo eran viejas imágenes familiares. Sin embargo, ella me comentó que pertenecían a un grupo de poetas.
—La generación del ’27 –añadió tras levantar nuevamente su pañuelo y limpiarse la punta de la nariz.
—¿Sí?
—Sí… Ves ése de ahí, el segundo desde la izquierda, bueno, es Federico García Lorca…
Hubo otro largo instante de silencio. Después de todo, no tenía nada para decir, era ella la que me había citado a esa hora, a ese lugar, era ella la que quería hablar conmigo.
—Acabo de dejar a Luis –resumió finalmente.
—¿Luis?
—Sí, Luis; cargué una parte de mis cosas, le dejé una nota en un papel y me fui.
No sé si me hallaba lo suficientemente entero como para oír lo que ella me estaba diciendo, o si de pronto me había vuelto un ser insensible y nada me importaba; lo cierto fue que me acomodé en la silla y esperé que continuara con el relato, como si nada, bajo un invulnerable estado de equilibrio, con la impresión de estar en un mundo paralelo; despierto a lo que me rodeaba pero al mismo tiempo separado de todo.
—El pasado sostenía nuestra relación. ¿Qué es el pasado? Nada, el pasado no existe, no se puede ver ni tocar. ¿Te das cuenta? En el fondo, no había nada que sostuviera nuestra relación, sólo el hecho de estarla comparando todo el tiempo con situaciones anteriores, con situaciones que han sido más agradables, sin dudas; eso era lo único que nos permitía pasar de un día al otro y seguir adelante… Así se fueron todos estos últimos años. Luis no se daba cuenta. Todo lo contrario, para él, lo único que existía era el futuro. “Esto ya va a pasar”, “Estamos atravesando una crisis pero vamos a salir”. Para él no había presente, ¿me explico? Todo lo enfocaba hacia lo que presuntamente iba a venir… Y yo me quedaba en el medio, suspendida entre el pasado, los buenos recuerdos, etcétera, y el futuro y su falsa promesa de que las cosas iban a cambiar… ¡Atrapada entre dos momentos, dos ideas, que no existían…!
En ese instante nos interrumpió el mozo. Descargó los pocillos y los vasitos de soda. Volví la mirada hacia su rostro y sentí que me avergonzaba.
—Si todo esto te molesta, Juan, nos ponemos a hablar de otra cosa. No tengo problemas.
—No. No me molesta para nada. Sólo que… no sé qué decirte…
—Leí en un libro que cuando algo le interesa a un hombre, las pupilas se le agrandan y los ojos le brillan de otra manera.
—¿De verdad?
—Sí. Pero los tuyos se ven normales. Supongo que si estuviéramos hablando de política o de filosofía, ya se habrían encendido. ¿No? –remarcó mientras se limpiaba otra vez la nariz con el pañuelo.
No le hice caso. Traté de mantener distancia. No quería aceptar que ella fuera la misma mujer que alguna vez me había enamorado. Tampoco quería aceptar que no tenía la más mínima idea de cómo debía comportarme. Sólo moví la cuchara en círculos para que se disolviera el azúcar en el café y no volví a abrir la boca hasta que ella terminó de hablar.
—No es que quiera generalizar, claro, pero a ustedes los hombres sólo les interesa hablar sobre cuestiones abstractas, como el fundamento de las cosas, la situación del mundo, etcétera. Las mujeres, en cambio, preferimos hablar sobre la vida; cuando estamos bien hablamos de lo que les pasa a los demás, en qué anda tal, qué es de la vida de fulana; y cuando estamos mal hablamos de nosotras mismas. ¿Me explico? Ustedes son idealistas; nosotras estamos más conectadas con la realidad. Al menos, eso es lo que pienso, esa es la conclusión a la que he llegado después de compartir tanto tiempo con Luis… A él, el mundo se le estaba viniendo encima y no se daba cuenta. No se planteaba por qué vivíamos juntos. Simplemente lo hacía. Se levantaba temprano, preparaba los desayunos, se vestía y después se iba a la empresa donde trabajaba como administrador. Mi vida era más o menos lo mismo, con la diferencia de que, en el fondo, yo no la aceptaba, no estaba de acuerdo. Por la noche, yo llegaba primero y en menos de diez minutos preparaba algo de comer; un plato que a una persona normal le hubiese llevado casi una hora de preparación, a mí me llevaba dos segundos. ¿Te das cuenta? Necesitaba que pasara rápido el tiempo… Después él venía, abría y cerraba la puerta; dejaba su maletín en el perchero, nos dábamos un beso, cenábamos y nos íbamos a dormir… Esa era nuestra rutina. Además, no sabés lo que es ese departamento: un dedal. Tiene un solo dormitorio y, para poder andar con comodidad, sin estorbarnos, nunca le habíamos puesto muebles… Tampoco colgamos nada en las paredes; ni un cuadro, ni una foto; nada, como el pasillo de un hospital. A alguna gente le gusta, piensa que es minimalismo, una nueva forma de decoración. Sin embargo, no es así; la realidad es que a ninguno de los dos jamás nos importó cambiarlo. Así lo alquilamos y así quedó… Muchas veces me he preguntado por qué no le dimos otro aspecto, no sé, por qué no hicimos algo para transformarlo. ¿Y sabés qué? Estoy convencida de que fue así porque de algún modo necesitábamos representar nuestro vacío, materializarlo, necesitábamos convertir lo que sentíamos en algo concreto… Así funciona nuestra mente; tiende a ver aquello que no se puede ver…
Siguió hablando durante una media hora sin parar. Recién cuando notó que el cortado se le estaba enfriando, hizo una pausa, lo levantó y se lo bebió todo de un solo trago. Llevaba puesta una remera de verano; cada tanto, antes de decir algo que le podía avergonzar, agarraba uno de los breteles y se lo acomodaba encima del hombro. Sus padres habían fallecido en un accidente automovilístico, me dijo, iban de vacaciones a San Bernardo y chocaron de frente contra una camioneta. De alguna forma, esa tragedia había acelerado los pasos, le había abierto las puertas a otros pensamientos, a mirar las cosas desde otra perspectiva. Y con el paso del tiempo le otorgó las fuerzas que necesitaba para alejarse de Luis y del departamento.
—Hoy a la siesta, volví del trabajo, junté algo de ropa, te llamé por teléfono, después busqué una lapicera y, como no sabía bien qué era lo que quería escribir, simplemente, me despedí: “No voya estar por unos días. No te preocupes. Cuidáte mucho”… Y eso ha sido todo –dijo para terminar.
Me recosté sobre la silla, y después de pasarme la mano por el pelo y ordenar un poco lo que ocurría en mi mente, le pregunté:
—¿Y qué vas a hacer ahora?
—¿Cómo que qué voy a hacer ahora?
—Sí. Eso. ¿Cuáles son los próximos pasos?
—Nada. Por ahora voy a estar unos días con mi abuela. Las dos necesitamos compañía. Después, no sé…
—¿Y por qué se te ocurrió llamarme?
—Uf… Es muy largo para contártelo –dio vuelta la muñeca y miró la hora en el reloj–. Mi abuela me está esperando. Pero otro día nos juntamos y la seguimos. ¿Te parece? Tenés que hablarme un poco de vos también. ¿O no?
Intenté darle una respuesta pero no pude, temía que las palabras se convirtiesen en una especie de juramento, en una garantía de lo que más adelante iba a suceder. Ella hurgó en el bolsillo de la maleta y sacó la plata para pagar la cuenta; después me extendió una tarjeta personal.
—Este es el teléfono de mi trabajo –indicó–. Voy a tener el celular apagado por unos días, así que cualquier cosa que te haga falta me llamás ahí…
Nos pusimos de pie. Ella me tomó del brazo y me dio un beso en la mejilla. Agregó algunos detalles más a la situación, pero no los entendí. Simplemente volví a sentarme. Unos metros antes de salir a la vereda, se dio la vuelta y me saludó de nuevo, moviendo la palma de la mano. Siempre recuerdo esa imagen, como si se tratara de la última vez que la vi; afirmada sobre aquella maleta de viaje, apretando el paquete de pañuelos de papel. Una atmósfera. Nada más que eso. Una atmósfera de lo que parecía ser el fin.
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Emilio Moyano
La fuente de Rodes
1
Sirvió los fideos. Luego espació la salsa, hizo un círculo oscuro y espeso como la sangre. Volví a mirar la fuente, el grabado en miniatura de la fuente. Se trataba de una serie de imágenes asombrosas, finamente dibujadas, con la precisión de un artista; una pequeña ciudad con sus plazas y sus cúpulas, sus habitantes apurados, sus edificios de art-noveau, sus monumentos y sus árboles. En principio me resultó un detalle magnífico, un trabajo abrumador de paciencia, incluso de fe, pero después cambié de opinión. Sobre todo después de que terminamos de comer. Aquella fuente escondía otros secretos; ocultaba una marca de angustia y de intimidad. Eso es lo que Rodes me dio a entender.
Empezó a contarme la historia mientras se acomodaba la servilleta entre el cuello y la camisa. Me dijo que había pertenecido al dueño de una marisquería, al que todos llamaban Olmedo. Un tipo que adoraba cocinar y que había quedado viudo a los cincuenta años. “La mató un colectivo”, resumió. “La mujer estaba cruzando en la esquina del colegio del Huerto, en Belgrano y Caseros, por la senda peatonal, con el semáforo en rojo, y todo eso; pero el chofer del 151 no la vio. Se largó a doblar como venía y la arrastró, unos seis metros, más o menos… No la mató en el acto. Incluso la mujer le dijo a la policía cómo se llamaba, el número de documento y el teléfono de Olmedo. Pero después, en el hospital, entró en coma. Y a pesar de que le extirparan un pulmón, no la pudieron salvar. Tenía muchas hemorragias internas... El accidente fue muy comentado en la radio, a los pocos días, la municipalidad decidió colocar unas barandas pintadas de amarillo en esa esquina y corrieron la línea peatonal un poco más hacia el lado de la Vélez Sarsfield…”
Una verdadera tragedia. Olmedo estuvo tres semanas sin abrir la marisquería. Luego del sepelio y las muestras de compasión de los familiares, se había encerrado en su casa a explorar lo que había sucedido, echándose la culpa de todo, pasando varias horas sin dormir. Ni siquiera se interesó por las demandas que los abogados iniciaron en lo civil y lo penal contra los culpables del caso. Olmedo prefirió mantenerse alejado, preguntándose por qué las cosas habían ocurrido de esa manera y no de otra, por ejemplo, del modo en que comúnmente se cree que deben ocurrir. Y, más allá de no encontrar una respuesta, de que pronto se le acabaran las provisiones en la heladera, el jabón para bañarse, etcétera, él no quiso salir. Estaba bien así. Era una forma de castigarse, de aceptar que era el único responsable de aquel destino. Las cosas habían cambiado, sin dudas, se había transformado la realidad.
Empezó a contarme la historia mientras se acomodaba la servilleta entre el cuello y la camisa. Me dijo que había pertenecido al dueño de una marisquería, al que todos llamaban Olmedo. Un tipo que adoraba cocinar y que había quedado viudo a los cincuenta años. “La mató un colectivo”, resumió. “La mujer estaba cruzando en la esquina del colegio del Huerto, en Belgrano y Caseros, por la senda peatonal, con el semáforo en rojo, y todo eso; pero el chofer del 151 no la vio. Se largó a doblar como venía y la arrastró, unos seis metros, más o menos… No la mató en el acto. Incluso la mujer le dijo a la policía cómo se llamaba, el número de documento y el teléfono de Olmedo. Pero después, en el hospital, entró en coma. Y a pesar de que le extirparan un pulmón, no la pudieron salvar. Tenía muchas hemorragias internas... El accidente fue muy comentado en la radio, a los pocos días, la municipalidad decidió colocar unas barandas pintadas de amarillo en esa esquina y corrieron la línea peatonal un poco más hacia el lado de la Vélez Sarsfield…”
Una verdadera tragedia. Olmedo estuvo tres semanas sin abrir la marisquería. Luego del sepelio y las muestras de compasión de los familiares, se había encerrado en su casa a explorar lo que había sucedido, echándose la culpa de todo, pasando varias horas sin dormir. Ni siquiera se interesó por las demandas que los abogados iniciaron en lo civil y lo penal contra los culpables del caso. Olmedo prefirió mantenerse alejado, preguntándose por qué las cosas habían ocurrido de esa manera y no de otra, por ejemplo, del modo en que comúnmente se cree que deben ocurrir. Y, más allá de no encontrar una respuesta, de que pronto se le acabaran las provisiones en la heladera, el jabón para bañarse, etcétera, él no quiso salir. Estaba bien así. Era una forma de castigarse, de aceptar que era el único responsable de aquel destino. Las cosas habían cambiado, sin dudas, se había transformado la realidad.
2
Llevó puesta por algún tiempo la ropa interior que había sido de ella. Lo decidió una mañana después de ordenar la habitación. El placard se mantenía intacto desde el día del accidente y necesitaba de una vez por todas acomodarlo. Así que se puso a clasificar las prendas arriba de la cama, lentamente, frágilmente, como si todo el peso del universo hubiera estado allí entre sus manos. Al terminar la tarea, sin embargo, lo invadió la insoportable sensación del vacío. Entonces, se desnudó. Metió una de sus piernas en una bombacha blanca, pasada de moda, y después la otra; y se miró en el espejo. De esa manera la podía recuperar, pensó, mientras se acariciaba y se observaba, de esa manera atenuaba el dolor y volvían a estar juntos otra vez. Luego se puso la camisa y el pantalón, y con ese aspecto, con aquella bombacha debajo de la ropa, volvió a abrir el negocio y se dedicó a atender la caja y regentear los empleados.
Ese estado de locura y depresión, no obstante, le duró tan sólo unos meses. Al menos hasta el día en que encontró aquel documental sobre los pulpos en el Animal Planet. Fue una madrugada de viernes. No le agradaba estar mucho frente al televisor, pero como por lo general no podía dormir, no tenía otro remedio que hacerlo. Y así fue como, tirado contra el respaldo de la cama, a oscuras, tropezó de casualidad con el programa. Una voz neutral comentaba los secretos biológicos de la especie y una cámara submarina los presentaba divagando de aquí para allá en el océano. Olmedo lo miró sin reservas, y al terminar la emisión se encontró con que estaba entusiasmado: no por haber logrado un descubrimiento científico sino por vislumbrar la posibilidad de cambiar el rumbo, de volver a ser el de antes. Inmediatamente se levantó de la cama y salió de la habitación. Se hallaba dispuesto a abandonar esa ridícula nostalgia que no lo dejaba vivir.
Ese estado de locura y depresión, no obstante, le duró tan sólo unos meses. Al menos hasta el día en que encontró aquel documental sobre los pulpos en el Animal Planet. Fue una madrugada de viernes. No le agradaba estar mucho frente al televisor, pero como por lo general no podía dormir, no tenía otro remedio que hacerlo. Y así fue como, tirado contra el respaldo de la cama, a oscuras, tropezó de casualidad con el programa. Una voz neutral comentaba los secretos biológicos de la especie y una cámara submarina los presentaba divagando de aquí para allá en el océano. Olmedo lo miró sin reservas, y al terminar la emisión se encontró con que estaba entusiasmado: no por haber logrado un descubrimiento científico sino por vislumbrar la posibilidad de cambiar el rumbo, de volver a ser el de antes. Inmediatamente se levantó de la cama y salió de la habitación. Se hallaba dispuesto a abandonar esa ridícula nostalgia que no lo dejaba vivir.
3
El programa había empezado con una breve y amena introducción en el tema. Contaba que en la antigüedad los pulpos habían sido bautizados como “peces diabólicos”, quizás porque muchos mitos tenebrosos surgían en torno a su figura, y quizás también porque era la única manera de explicar que aquellos animales pudiesen cambiar de color, entrar por el cuello de una botella o arrojar un manto de tinta para confundir a sus persecutores. De igual modo los habían considerado durante la Edad Media; El bestiario de Cristo, escrito por Louis Charbonneau-Lassy, sostenía que en tiempos medievales el delfín representaba a Dios y el pulpo al demonio. “Muchos escritores se han interesado por esta faceta del pulpo; Víctor Hugo, Lovecraft, Julio Verne”, decía la voz en off, “no obstante, en la actualidad todo el mundo sabe que el pulpo es un animal pacífico y tímido y que sólo sale de su escondite para cazar”.
Luego las escenas se habían reducido a su aspecto anatómico, mostrando en primer plano los tentáculos, luego los órganos reproductores y finalmente la cabeza. “Este animal posee el ojo más desarrollado de todos los invertebrados, muy similar en estructura y función, en tamaño y complejidad, al de los seres humanos, lo que le otorga una aguda visión para detectar y atrapar sus presas”. Allí se veía un pulpo anaranjado, oculto entre unas grietas, en la más absoluta oscuridad del océano, que de repente estiraba uno de sus brazos y atrapaba un pez de color plateado; después forcejeaba un poco –como si se tratara de un acto sexual– y lo hacía desaparecer por completo bajo su manto para llevárselo a la misma grieta de donde había salido. “Un animal inteligente, con un cerebro sumamente desarrollado, que siempre sale de caza por las noches pero que en su hábitat natural suele comportarse como un molusco tímido y huraño. Un animal que cuando avizora una presencia humana huye desenfrenadamente…”, (entonces el pulpo de la imagen salía disparado con la violencia de una flecha, dejando tras de sí una nube de burbujas y residuos subacuáticos) “…y que si no tiene ningún cobijo adecuado cerca, construye uno a base de piedras, o bien cierra la entrada de un agujero... En resumen, un animal que pasa gran parte de su vida escondiéndose”.
Luego las escenas se habían reducido a su aspecto anatómico, mostrando en primer plano los tentáculos, luego los órganos reproductores y finalmente la cabeza. “Este animal posee el ojo más desarrollado de todos los invertebrados, muy similar en estructura y función, en tamaño y complejidad, al de los seres humanos, lo que le otorga una aguda visión para detectar y atrapar sus presas”. Allí se veía un pulpo anaranjado, oculto entre unas grietas, en la más absoluta oscuridad del océano, que de repente estiraba uno de sus brazos y atrapaba un pez de color plateado; después forcejeaba un poco –como si se tratara de un acto sexual– y lo hacía desaparecer por completo bajo su manto para llevárselo a la misma grieta de donde había salido. “Un animal inteligente, con un cerebro sumamente desarrollado, que siempre sale de caza por las noches pero que en su hábitat natural suele comportarse como un molusco tímido y huraño. Un animal que cuando avizora una presencia humana huye desenfrenadamente…”, (entonces el pulpo de la imagen salía disparado con la violencia de una flecha, dejando tras de sí una nube de burbujas y residuos subacuáticos) “…y que si no tiene ningún cobijo adecuado cerca, construye uno a base de piedras, o bien cierra la entrada de un agujero... En resumen, un animal que pasa gran parte de su vida escondiéndose”.
4
—Supongo que Olmedo se sintió identificado con el pulpo—interrumpí a Rodes mientras inclinaba la copa para que me pusiera un poco más de vino—. No le agradaba dejar su guarida, huía de la gente, solamente se asomaba a la superficie cuando tenía que comer… ¿Fue eso lo que lo ayudó a salir de la depresión?
—No. No lo creo —objetó apartando la botella de la copa y volviéndola al mismo lugar que estaba antes—. A lo mejor pudo haberse visto como uno de esos pulpos, pero, en realidad, lo que habría de resucitarlo y traerlo de nuevo a la realidad sería otra cosa. Algo que surgió del mismo fondo de su mundo interior… Hasta ese día había estado en la marisquería pero sólo como dueño, indicando a los empleados cómo preparar los platos, conversando con los clientes, pagando los sueldos. Pero después de ver ese programa, Olmedo tuvo ganas de cocinar. ¿Me explico? Tal vez te parezca estúpido, pero tuvo ganas de cocinar… Era la primera vez que le venían ganas de cocinar desde que su esposa se había muerto… Cocinar. No prepararse algo improvisado para meterlo en el estómago y sobrevivir, de hecho, eso había estado haciendo durante sus últimas semanas; hablo de elaboración, de además de los ingredientes y los aderezos, poner en la cocción todo el sello de nuestro ser…
—No. No lo creo —objetó apartando la botella de la copa y volviéndola al mismo lugar que estaba antes—. A lo mejor pudo haberse visto como uno de esos pulpos, pero, en realidad, lo que habría de resucitarlo y traerlo de nuevo a la realidad sería otra cosa. Algo que surgió del mismo fondo de su mundo interior… Hasta ese día había estado en la marisquería pero sólo como dueño, indicando a los empleados cómo preparar los platos, conversando con los clientes, pagando los sueldos. Pero después de ver ese programa, Olmedo tuvo ganas de cocinar. ¿Me explico? Tal vez te parezca estúpido, pero tuvo ganas de cocinar… Era la primera vez que le venían ganas de cocinar desde que su esposa se había muerto… Cocinar. No prepararse algo improvisado para meterlo en el estómago y sobrevivir, de hecho, eso había estado haciendo durante sus últimas semanas; hablo de elaboración, de además de los ingredientes y los aderezos, poner en la cocción todo el sello de nuestro ser…
5
Afortunadamente, al otro día se despertó y comprobó que aquel deseo de cocinar seguía persiguiéndolo como una sombra. Y de inmediato, después de tomar el desayuno, salió hacia el supermercado. Era sábado en la ciudad y promediaba el invierno. No necesitaba realizar una lista para comprar lo que tenía que comprar, hacía quince años que estaba al frente de la marisquería, sólo recorrió los estantes con rapidez, sin tomarse el trabajo de comparar los precios; arrojando los productos sobre el canasto, mecánicamente, como si se hubiese tratado de cosas que no servían. Después, en el frigorífico, cargó un kilo de pulpos, en buen estado, unos pulpos pequeños, del tamaño de una flor, y después se dirigió a la verdulería. Había una extraña resolución que lo guiaba, una fuerza abstracta que lo empujaba hacia adelante y no le permitía evaluar lo que quedaba detrás.
Al llegar a su casa colocó las bolsas sobre la mesada de la cocina; los pulpos, el cilantro, los dientes de ajo, el pimiento, el vino, los limones, la botella de aceite. Lo que pretendía hacer no llevaba más de dos horas de preparación, pero Olmedo quería disfrutarlo, tomarse todo el tiempo del mundo para picar los ingredientes, servirse una copita de torrontés, escuchar música clásica y cada tanto mirar por la ventana a la gente que caminaba por la calle, encogida bajo sus abrigos, con los rostros endurecidos por el frío. Quería sentir que su cuerpo no era su cuerpo, que no estaba pensando en su mujer. Atrapar los pulpos bajo el índice y el pulgar y cortarles la cabeza con aquella luminosa cuchilla, luego limpiarlos y lavarlos en la pileta, iba a ser una forma de mantener su mente en blanco, un estilo de libertad.
Al llegar a su casa colocó las bolsas sobre la mesada de la cocina; los pulpos, el cilantro, los dientes de ajo, el pimiento, el vino, los limones, la botella de aceite. Lo que pretendía hacer no llevaba más de dos horas de preparación, pero Olmedo quería disfrutarlo, tomarse todo el tiempo del mundo para picar los ingredientes, servirse una copita de torrontés, escuchar música clásica y cada tanto mirar por la ventana a la gente que caminaba por la calle, encogida bajo sus abrigos, con los rostros endurecidos por el frío. Quería sentir que su cuerpo no era su cuerpo, que no estaba pensando en su mujer. Atrapar los pulpos bajo el índice y el pulgar y cortarles la cabeza con aquella luminosa cuchilla, luego limpiarlos y lavarlos en la pileta, iba a ser una forma de mantener su mente en blanco, un estilo de libertad.
6
Terminó un poco pasada la una. Resultó un cuadro intenso de colores: rojo, verde y dorado. Buscó en la alacena la fuente, que ahora estaba usando Rodes, y dejó todo a reposar. Entonces fue ahí que se le ocurrió, de improviso, hablar por teléfono con el abogado, que había llevado el tema de los seguros, para pedirle que le dijera adónde vivía el chofer que había matado a su esposa. Necesitaba verlo, le explicó, comer con él. No se trataba de una locura, sólo quería ofrecerle un simple almuerzo de amistad. El abogado se convenció y le dio la dirección. Era camino a Montecristo. Un poco lejos, pero si no había demasiado tráfico, estaría allí cerca de la dos. Tomaba por Bulnes y derecho, derecho, derecho. Pueyrredón, Talleres, Nueva Italia, Yofre, y Ampliación Palmar.
Olmedo hizo lo que el abogado le indicó. Luego divagó en el coche por distintas calles de tierra. No había muchos carteles en la zona, así que demoró bastante en hallar la casa del chofer. Cuando finalmente lo logró, notó que estaba en una zona desconocida, de miradas desconfiadas y perros vagabundos, de adolescentes encapuchados que fumaban de un mismo cigarrillo, en una misma esquina, sin hablar. Tocó el timbre y al instante el chofer atendió la puerta. Estuvieron un rato contemplándose mutuamente sin encontrar la palabra adecuada para decirse, estudiándose como dos extraños. Luego Olmedo se presentó, recordándole lo que había ocurrido el año anterior; le extendió la fuente y pasaron a la casa. “Vengo a perdonarlo”, le dijo mientras ingresaba al comedor y echaba un vistazo a las paredes. La mujer del chofer agregó una silla a la mesa donde la familia estaba almorzando, y tras correr algunos vasos y botellas, asentó la fuente en uno de los extremos.
Olmedo hizo lo que el abogado le indicó. Luego divagó en el coche por distintas calles de tierra. No había muchos carteles en la zona, así que demoró bastante en hallar la casa del chofer. Cuando finalmente lo logró, notó que estaba en una zona desconocida, de miradas desconfiadas y perros vagabundos, de adolescentes encapuchados que fumaban de un mismo cigarrillo, en una misma esquina, sin hablar. Tocó el timbre y al instante el chofer atendió la puerta. Estuvieron un rato contemplándose mutuamente sin encontrar la palabra adecuada para decirse, estudiándose como dos extraños. Luego Olmedo se presentó, recordándole lo que había ocurrido el año anterior; le extendió la fuente y pasaron a la casa. “Vengo a perdonarlo”, le dijo mientras ingresaba al comedor y echaba un vistazo a las paredes. La mujer del chofer agregó una silla a la mesa donde la familia estaba almorzando, y tras correr algunos vasos y botellas, asentó la fuente en uno de los extremos.
7
—No voy a negarte —me señaló Rodes— que al hombre le costó muchísimo acostumbrarse a vivir en soledad, pero ese fue el punto de partida, el comienzo de la resignación… Al cabo de unos meses, los clientes de la marisquería volvieron a encontrarse con aquel Olmedo alegre y amable de los viejos tiempos… Después de aquella visita, Olmedo al fin pudo aceptar que debía vivir solo en una casa en la que siempre habían vivido dos.
Miré la fuente vacía con los restos de la salsa y traté de imaginar qué papel protagonizaba Rodes en toda esa historia, cómo había llegado esa fuente a sus manos. Intuía que eso era lo que él pretendía, introducirme en la parte esencial de un relato que era mucho más complejo. Tras un breve lapso de silencio, decidí preguntárselo.
—¿Y qué pasó con la fuente?
—Lo que siempre pasa cuando vamos a comer a otro lado: se la olvidó en la casa del chofer.
—¿Pero cómo es que ahora la tenés vos? —insistí.
Se puso de pie y comenzó a apilar los cubiertos y los platos. Traté de observar sus movimientos, sopesando lo que me estaba por decir. Por un momento me olvidé de la desdicha de Olmedo, la ensalada de pulpos y el perdón. Me olvidé de que todo encajaba perfectamente con la impresión que los dibujos de la fuente me habían generado media hora atrás, que no eran sólo líneas y sombreados y que ocultaban algo distinto; sólo me limpié los labios con el borde la servilleta y traté de observarlo con sutileza.
—¿Realmente importa? —dijo como respuesta. Luego levantó los platos y salió del comedor.
Miré la fuente vacía con los restos de la salsa y traté de imaginar qué papel protagonizaba Rodes en toda esa historia, cómo había llegado esa fuente a sus manos. Intuía que eso era lo que él pretendía, introducirme en la parte esencial de un relato que era mucho más complejo. Tras un breve lapso de silencio, decidí preguntárselo.
—¿Y qué pasó con la fuente?
—Lo que siempre pasa cuando vamos a comer a otro lado: se la olvidó en la casa del chofer.
—¿Pero cómo es que ahora la tenés vos? —insistí.
Se puso de pie y comenzó a apilar los cubiertos y los platos. Traté de observar sus movimientos, sopesando lo que me estaba por decir. Por un momento me olvidé de la desdicha de Olmedo, la ensalada de pulpos y el perdón. Me olvidé de que todo encajaba perfectamente con la impresión que los dibujos de la fuente me habían generado media hora atrás, que no eran sólo líneas y sombreados y que ocultaban algo distinto; sólo me limpié los labios con el borde la servilleta y traté de observarlo con sutileza.
—¿Realmente importa? —dijo como respuesta. Luego levantó los platos y salió del comedor.
Publicado por
Emilio Moyano
Radiografías
1
Gustavo atravesó las puertas del sanatorio. Algunos lo miraron como si fuera un fantasma; otros simplemente desviaron la mirada. No le importó. Esperó a que cruzaran dos enfermeros, que iban empujando una camilla en dirección del ascensor, y luego siguió hacia el fondo de la sala. El ruido del llanto de los niños, el de las secretarias hablando con la gente, la voz en off que mencionaba por los parlantes un apellido y después un número de consultorio, le resultaba ensordecedor; se parecía a una fábrica en el horario de mayor producción. Por eso, cuando llegó al despacho de rayos, sintió deseos de no estar allí; ese lugar le recordaba cosas que no quería recordar.
Una joven con delantal blanco, el pelo recogido y unos finos lentes de orgánico se movía detrás del vidrio mientras conversaba por teléfono con alguien. Gustavo le acercó la boleta y le preguntó si estaban listas las placas. La empleada se encajó el tubo del teléfono entre el hombro y la mejilla y, después de mirar el número de la boleta, se puso a buscar entre los casilleros que estaban ubicados contra la pared. Al cabo de unos segundos, sin perder el hilo de la conversación con el teléfono, extrajo un enorme sobre y se lo pasó por debajo del vidrio, mientras sonreía y levantaba el pulgar. Gustavo lo recibió y se fue a sentar a un costado, sobre uno de los bancos de espera.
Gustavo atravesó las puertas del sanatorio. Algunos lo miraron como si fuera un fantasma; otros simplemente desviaron la mirada. No le importó. Esperó a que cruzaran dos enfermeros, que iban empujando una camilla en dirección del ascensor, y luego siguió hacia el fondo de la sala. El ruido del llanto de los niños, el de las secretarias hablando con la gente, la voz en off que mencionaba por los parlantes un apellido y después un número de consultorio, le resultaba ensordecedor; se parecía a una fábrica en el horario de mayor producción. Por eso, cuando llegó al despacho de rayos, sintió deseos de no estar allí; ese lugar le recordaba cosas que no quería recordar.
Una joven con delantal blanco, el pelo recogido y unos finos lentes de orgánico se movía detrás del vidrio mientras conversaba por teléfono con alguien. Gustavo le acercó la boleta y le preguntó si estaban listas las placas. La empleada se encajó el tubo del teléfono entre el hombro y la mejilla y, después de mirar el número de la boleta, se puso a buscar entre los casilleros que estaban ubicados contra la pared. Al cabo de unos segundos, sin perder el hilo de la conversación con el teléfono, extrajo un enorme sobre y se lo pasó por debajo del vidrio, mientras sonreía y levantaba el pulgar. Gustavo lo recibió y se fue a sentar a un costado, sobre uno de los bancos de espera.
2
Sabía que no debía hacerlo, sus conocimientos sobre medicina eran prácticamente nulos, sin embargo, el vacío y la ansiedad desde hacía mucho tiempo manejaban sus movimientos. Así que le quitó la solapa al sobre y sacó las radiografías. Tenían el tamaño de una cartulina, y debió levantarlas hasta la altura de su frente para poder verlas por completo. A lo lejos, detrás del vidrio, la empleada seguía hablando por teléfono, moviéndose de un lado a otro. Más cerca, la gente de limpieza repasaba el piso, dejándole una película de brillo que antes no tenía. Gustavo contempló las radiografías a contraluz. Aunque eso era parte de su cuerpo, él no vio más que figuras extrañas, nubes cruzando el cielo de la noche. Entonces guardó las placas nuevamente, recogió los pies y, después de un pequeño esfuerzo, se incorporó.
“Uno nunca sabe; las cosas pueden cambiar”, le había dicho el médico la semana anterior. Intentó reprimir aquellas palabras, que se mantuvieran en el mismo lugar en el que estaban, al igual que los secretos. Después tomó el hall de entrada. El sensor de las puertas hizo que éstas se desplegaran de manera automática. Primero salió un hombre, con su hijo en brazos, luego una anciana ayudándose con un bastón, luego Gustavo. El sol de la mañana se asomaba por detrás de los edificios, finamente, como diciéndole: no conseguir lo que se quiere puede ser un golpe de suerte, no conseguir lo que se quiere puede ser un golpe de suerte.
“Uno nunca sabe; las cosas pueden cambiar”, le había dicho el médico la semana anterior. Intentó reprimir aquellas palabras, que se mantuvieran en el mismo lugar en el que estaban, al igual que los secretos. Después tomó el hall de entrada. El sensor de las puertas hizo que éstas se desplegaran de manera automática. Primero salió un hombre, con su hijo en brazos, luego una anciana ayudándose con un bastón, luego Gustavo. El sol de la mañana se asomaba por detrás de los edificios, finamente, como diciéndole: no conseguir lo que se quiere puede ser un golpe de suerte, no conseguir lo que se quiere puede ser un golpe de suerte.
Publicado por
Emilio Moyano
El Contenedor
1
Había decidido no escribir más. No se trató de un acto de heroísmo, simplemente ocurrió que había perdido el rumbo, no tenía motivos para seguir adelante. Así que guardé todos los borradores de “El libro blanco” adentro de una bolsa de residuos, y recorrí los treinta metros que separaban mi casa del contenedor. Una llovizna fina y grisácea cubría el asfalto. Después de abrir la tapa, dejar la bolsa y sacudirme las manos, tomé en dirección de Plaza Cataluña. Me sentía vacío, despojado de mí mismo; y en ese estado de abandono fue que me encontré con Eduardo Pellejero, tras unos cuantos años sin saber nada de él.
No tenía idea de lo que había hecho durante todo ese tiempo. Al finalizar su carrera en la facultad de filosofía y humanidades había obtenido un doctorado de la Universidad de Lisboa, se había casado y después le había perdido el rastro. Sin dudas fue un encuentro extraño. Me resultó difícil explicarle por qué había arrojado todos mis borradores de la novela en un contenedor. Los escritores son hombres esencialmente solos, le dije. Viven su vida solos, no es eso lo que quiero para mí, Eduardo, no estoy hecho con la madera de un escritor.
2
Después de cruzar la ronda de Sant Pere se había largado a llover más fuerte. La gente caminaba con apuros. En lugar de buscar refugio, opté por quedarme en un banco, bajo los árboles de la plaza. Necesitaba mojarme por completo; justificar de algún modo lo que había en mi mundo interior; encontrar el límite que dividía la perseverancia de la resignación. Me había empeñado afanosamente en escribir aquella novela y después la había arrojado a la basura. Ese había sido el tenor de mi vida en mis últimos quince o veinte años: construir para destruir. Y necesitaba evidenciarlo, en medio de la fría lluvia, corriendo el peligro de pescarme una pulmonía, encogiéndome cada vez más contra el asiento, igual que un niño antes de nacer.
Cuando noté que todo había terminado, un rato más tarde, me incorporé sobre el asiento. Los autos pasaban por la avenida dejando una estela de agua en el asfalto. Miré el teléfono celular. Después enterré mis manos en el abrigo. Una ráfaga de viento había comenzado a soplar del lado del Montjuic; sacudía las ramas de los árboles hacia arriba y hacia abajo. Según el reloj de mi teléfono había pasado un cuarto de hora desde la nueve de la noche. Entonces empecé a caminar. La ropa me pesaba y me dolía la espalda A la media cuadra, más o menos, me encontré con Eduardo. Llevaba un impermeable y un paraguas anaranjado. Emilio; tanto tiempo que no nos vemos, dijo mientras cerraba el paraguas y después me estrechaba la mano. Estás un poco mojado, puntualizó.
No tenía idea de lo que había hecho durante todo ese tiempo. Al finalizar su carrera en la facultad de filosofía y humanidades había obtenido un doctorado de la Universidad de Lisboa, se había casado y después le había perdido el rastro. Sin dudas fue un encuentro extraño. Me resultó difícil explicarle por qué había arrojado todos mis borradores de la novela en un contenedor. Los escritores son hombres esencialmente solos, le dije. Viven su vida solos, no es eso lo que quiero para mí, Eduardo, no estoy hecho con la madera de un escritor.
2
Después de cruzar la ronda de Sant Pere se había largado a llover más fuerte. La gente caminaba con apuros. En lugar de buscar refugio, opté por quedarme en un banco, bajo los árboles de la plaza. Necesitaba mojarme por completo; justificar de algún modo lo que había en mi mundo interior; encontrar el límite que dividía la perseverancia de la resignación. Me había empeñado afanosamente en escribir aquella novela y después la había arrojado a la basura. Ese había sido el tenor de mi vida en mis últimos quince o veinte años: construir para destruir. Y necesitaba evidenciarlo, en medio de la fría lluvia, corriendo el peligro de pescarme una pulmonía, encogiéndome cada vez más contra el asiento, igual que un niño antes de nacer.
Cuando noté que todo había terminado, un rato más tarde, me incorporé sobre el asiento. Los autos pasaban por la avenida dejando una estela de agua en el asfalto. Miré el teléfono celular. Después enterré mis manos en el abrigo. Una ráfaga de viento había comenzado a soplar del lado del Montjuic; sacudía las ramas de los árboles hacia arriba y hacia abajo. Según el reloj de mi teléfono había pasado un cuarto de hora desde la nueve de la noche. Entonces empecé a caminar. La ropa me pesaba y me dolía la espalda A la media cuadra, más o menos, me encontré con Eduardo. Llevaba un impermeable y un paraguas anaranjado. Emilio; tanto tiempo que no nos vemos, dijo mientras cerraba el paraguas y después me estrechaba la mano. Estás un poco mojado, puntualizó.
Publicado por
Emilio Moyano
La soledad de la invención
1
Marcos arrojó el cigarrillo en el cordón de la vereda y se decidió a entrar. No fue un acto de heroísmo, no fue un esfuerzo; se trataba de una necesidad. Su cuenta bancaria había perdido algunos dígitos en los últimos tres meses, y si no hacía algo por sí mismo, muy pronto habría de verse en problemas. El sol estaba en el poniente; algunos rayos apenas se vislumbraban tras los edificios. Subió los escalones del museo y se dirigió a la sala de la muestra permanente. No había nadie alrededor. Sólo se oía el ruido de sus zapatos al caminar sobre la madera y el ruido de los extractores de aire. No es que hubiera pensado que Renata le fuera a fallar, al menos no le había dado esa impresión cuando hablaron por teléfono, sin embargo, después que cruzó las puertas y la vio de espaldas, mirando aquel enorme cuadro de Lino Spilimbergo, se sintió inseguro. Ahí comprendió por qué ella había elegido el museo municipal para encontrarse, en lugar de cualquier otra esquina céntrica. Comprendió que había caído en una red y que bajo ningún aspecto podría escapar.
2
Él está sentado frente a la computadora. Escribe la siguiente frase: “Marcos arrojó el cigarrillo en el cordón de la vereda y se decidió a entrar”. Mira hacia la ventana del estudio, cuyas persianas están bajas, y luego retorna a su tarea sobre el teclado. Sin pensarlo demasiado, escribe unas cuantas frases más. Se detiene. Borra la última serie de caracteres; “el rumor de los extractores de aire”; y escribe “el ruido de los extractores de aire”. Vuelve a mirar hacia la ventana, por encima de la pantalla del ordenador. Aleja la silla del escritorio y se pone de pie. Afuera está lloviendo. Se dirige a la cocina y prepara una taza de café. Regresa al estudio. Deja la taza a un costado para que se enfríe un poco. Escribe la siguiente frase: “una ligera inquietud, una extraña desconfianza, guiaba sus pasos”. Pero se arrepiente y retrocede el cursor adonde lo había dejado antes. Toma un trago de café. Se aprieta los nudillos de la mano, se toca el cabello. Escribe unas cuantas líneas, unas cinco o seis. Después enciende un cigarrillo y lee el párrafo desde el principio. No se muestra convencido. Levanta la taza de café con la misma mano que sostiene el cigarrillo y toma un trago. Respira profundo. Finalmente, selecciona todo el texto. Un cuadro negro con letras blancas cubre la superficie del monitor. Se pone el cigarrillo en la boca, entorna los ojos para evitar el humo, y presiona la tecla de borrado. Luego se levanta y va hacia la biblioteca. Saca un libro de Paul Auster. La invención de la soledad. Abre la última página. Copia esta frase en un papel: “Fue. Nunca volverá a ser. Recuérdalo”. Entonces, cierra el procesador de textos. Apaga la computadora. Fue, piensa. Nunca más volverá a ser.
Marcos arrojó el cigarrillo en el cordón de la vereda y se decidió a entrar. No fue un acto de heroísmo, no fue un esfuerzo; se trataba de una necesidad. Su cuenta bancaria había perdido algunos dígitos en los últimos tres meses, y si no hacía algo por sí mismo, muy pronto habría de verse en problemas. El sol estaba en el poniente; algunos rayos apenas se vislumbraban tras los edificios. Subió los escalones del museo y se dirigió a la sala de la muestra permanente. No había nadie alrededor. Sólo se oía el ruido de sus zapatos al caminar sobre la madera y el ruido de los extractores de aire. No es que hubiera pensado que Renata le fuera a fallar, al menos no le había dado esa impresión cuando hablaron por teléfono, sin embargo, después que cruzó las puertas y la vio de espaldas, mirando aquel enorme cuadro de Lino Spilimbergo, se sintió inseguro. Ahí comprendió por qué ella había elegido el museo municipal para encontrarse, en lugar de cualquier otra esquina céntrica. Comprendió que había caído en una red y que bajo ningún aspecto podría escapar.
2
Él está sentado frente a la computadora. Escribe la siguiente frase: “Marcos arrojó el cigarrillo en el cordón de la vereda y se decidió a entrar”. Mira hacia la ventana del estudio, cuyas persianas están bajas, y luego retorna a su tarea sobre el teclado. Sin pensarlo demasiado, escribe unas cuantas frases más. Se detiene. Borra la última serie de caracteres; “el rumor de los extractores de aire”; y escribe “el ruido de los extractores de aire”. Vuelve a mirar hacia la ventana, por encima de la pantalla del ordenador. Aleja la silla del escritorio y se pone de pie. Afuera está lloviendo. Se dirige a la cocina y prepara una taza de café. Regresa al estudio. Deja la taza a un costado para que se enfríe un poco. Escribe la siguiente frase: “una ligera inquietud, una extraña desconfianza, guiaba sus pasos”. Pero se arrepiente y retrocede el cursor adonde lo había dejado antes. Toma un trago de café. Se aprieta los nudillos de la mano, se toca el cabello. Escribe unas cuantas líneas, unas cinco o seis. Después enciende un cigarrillo y lee el párrafo desde el principio. No se muestra convencido. Levanta la taza de café con la misma mano que sostiene el cigarrillo y toma un trago. Respira profundo. Finalmente, selecciona todo el texto. Un cuadro negro con letras blancas cubre la superficie del monitor. Se pone el cigarrillo en la boca, entorna los ojos para evitar el humo, y presiona la tecla de borrado. Luego se levanta y va hacia la biblioteca. Saca un libro de Paul Auster. La invención de la soledad. Abre la última página. Copia esta frase en un papel: “Fue. Nunca volverá a ser. Recuérdalo”. Entonces, cierra el procesador de textos. Apaga la computadora. Fue, piensa. Nunca más volverá a ser.
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