Visiones



1

El cortejo fúnebre avanzaba lentamente por el medio de la calle. La ceremonia consistía en llevar el féretro desde el comedor de la casa hasta el Farliant azul que estaba parado en la esquina. Desde la ventana, sólo podía ver los pies de unos cuatro o cinco niños que sostenían aquel pequeñito cajón blanco. Me inquietaba la curiosidad. Subía y bajaba la frente entre las ranuras de las celosías para mejorar la perspectiva. No obstante, prefería eso antes que salir. No sé si sentía miedo o era que no estaba dispuesto a hacer lo que hacían los demás.

2

¿Se llamaba Supermercado Gandur? ¿Estaba sobre la cañada, cerca del Paseo de las Artes? Tal vez. Era un enorme tinglado como si en alguna época hubiera sido un club. Decenas de tubos fluorescentes iluminaban las góndolas y las mesas de rebajas. Seguramente compramos paquetes de azúcar y toda clase de alimentos. No lo recuerdo. Sólo me acuerdo del mueble exhibidor de los discos. Sacamos un simple, “Jungle People”. Venía en un sobre rojo de papel. Lo traje en la mano, sin soltarlo un segundo, hasta que entramos a casa.

3

Cuando encendí el tocadiscos, y el led anaranjado se prendió sobre el costado, mi mamá estaba descargando las bolsas en la cocina. Coloqué el simple en la bandeja y después de girar la perilla que comandaba las revoluciones por minuto y asentar minuciosamente el cabezal con la púa, me quedé allí de pie, mirando cómo las letras de la etiqueta del disco daban vueltas, escuchando al mismo tiempo el sonido de spika que brotaba de los parlantes. Recién me percaté de que la música estaba demasiado fuerte en el momento en que vi a mi mamá hablándome como si fuera a través de mímica por detrás de la ventana.

4

Una falta de respeto. Eso fue lo que me dijo. Los vecinos del pasillo acababan de perder una criatura de nueve meses y medio y a mí se me daba por escuchar música a todo volumen, como si hubiéramos estado de fiesta. Sus manos iban en todas direcciones mientras me retaba. Más tarde, cuando se serenó y todo pasó a un segundo plano, después de servirnos el salame que habíamos traído del supermercado, se pusieron a buscar con mi padre una explicación del asunto. No entendí muy bien lo que decían. Había palabras, como leucemia, plaquetas, glóbulos rojos, que no conocía. Me resultaban mágicas. Tan misteriosas como las fuerzas que hacían salir música de adentro de unas simples cajas de madera.

Eso que esperas está fuera de tu control



1

Compré "Il piccolo libro delle risposte" en Torino, en el 2005. Tiene el tamaño de una billetera. En aquella oportunidad, apenas lo abrí, la primera frase que encontré fue la siguiente: “Eso que esperas está fuera de tu control”.

2

A unas cuadras del negocio, me hallaba totalmente perdido. No obstante, seguí adelante. Quería conocer el hotel donde se había suicidado Pavese. Le pregunté a una mujer, bastante mayor. Me miró unos segundos con desconfianza, después me respondió: "Usa l'immaginazionne".

3

Terminé en un bar, tomándome una copita de fernet puro. Estaba lleno de italianos que en lugar de decirse las cosas se hacían señas. La noche había caído repentinamente sobre la ciudad. Usé la imaginación: cuando conversamos, me dije, estamos en sociedad; cuando pensamos, estamos solos.

Atmósfera



El taxi se detuvo frente al café. El chofer se bajó, se dirigió hasta la parte de atrás del coche y extrajo una maleta. Inés la tomó y le pagó el viaje. Había tanto silencio alrededor que tranquilamente se podía escuchar cómo aquel hombre cerraba el baúl y luego encendía el motor.

Ella entró y se acercó a la mesa, con una mano arrastraba el equipaje y con la otra sostenía un paquete de pañuelos de papel. Sus desplazamientos eran lentos, imprecisos, como si hubiera perdido la destreza. Afuera, en el bulevar, en la frivolidad del bulevar, no había más que tipos haciendo footing, árboles viejos, y palomas que comían en los canteros.

Después de saludarme, miró hacia los ventanales; tal vez para prorrogar un poco más el tiempo, tal vez para retardar ese prefacio que necesitan aquellos que hace mucho que no se ven. Fue una situación embarazosa, afortunadamente se terminó cuando vino el mozo y nos preguntó qué íbamos a querer. Inés apoyó el pañuelo sobre su falda y pidió un cortado. “Café solo”, dije yo. El mozo se alejó y me quedé contemplando las fotografías que había en la pared. Habría jurado que no tenían importancia, que sólo eran viejas imágenes familiares. Sin embargo, ella me comentó que pertenecían a un grupo de poetas.

—La generación del ’27 –añadió tras levantar nuevamente su pañuelo y limpiarse la punta de la nariz.

—¿Sí?

—Sí… Ves ése de ahí, el segundo desde la izquierda, bueno, es Federico García Lorca…

Hubo otro largo instante de silencio. Después de todo, no tenía nada para decir, era ella la que me había citado a esa hora, a ese lugar, era ella la que quería hablar conmigo.

—Acabo de dejar a Luis –resumió finalmente.

—¿Luis?

—Sí, Luis; cargué una parte de mis cosas, le dejé una nota en un papel y me fui.

No sé si me hallaba lo suficientemente entero como para oír lo que ella me estaba diciendo, o si de pronto me había vuelto un ser insensible y nada me importaba; lo cierto fue que me acomodé en la silla y esperé que continuara con el relato, como si nada, bajo un invulnerable estado de equilibrio, con la impresión de estar en un mundo paralelo; despierto a lo que me rodeaba pero al mismo tiempo separado de todo.

—El pasado sostenía nuestra relación. ¿Qué es el pasado? Nada, el pasado no existe, no se puede ver ni tocar. ¿Te das cuenta? En el fondo, no había nada que sostuviera nuestra relación, sólo el hecho de estarla comparando todo el tiempo con situaciones anteriores, con situaciones que han sido más agradables, sin dudas; eso era lo único que nos permitía pasar de un día al otro y seguir adelante… Así se fueron todos estos últimos años. Luis no se daba cuenta. Todo lo contrario, para él, lo único que existía era el futuro. “Esto ya va a pasar”, “Estamos atravesando una crisis pero vamos a salir”. Para él no había presente, ¿me explico? Todo lo enfocaba hacia lo que presuntamente iba a venir… Y yo me quedaba en el medio, suspendida entre el pasado, los buenos recuerdos, etcétera, y el futuro y su falsa promesa de que las cosas iban a cambiar… ¡Atrapada entre dos momentos, dos ideas, que no existían…!

En ese instante nos interrumpió el mozo. Descargó los pocillos y los vasitos de soda. Volví la mirada hacia su rostro y sentí que me avergonzaba.

—Si todo esto te molesta, Juan, nos ponemos a hablar de otra cosa. No tengo problemas.

—No. No me molesta para nada. Sólo que… no sé qué decirte…

—Leí en un libro que cuando algo le interesa a un hombre, las pupilas se le agrandan y los ojos le brillan de otra manera.

—¿De verdad?

—Sí. Pero los tuyos se ven normales. Supongo que si estuviéramos hablando de política o de filosofía, ya se habrían encendido. ¿No? –remarcó mientras se limpiaba otra vez la nariz con el pañuelo.

No le hice caso. Traté de mantener distancia. No quería aceptar que ella fuera la misma mujer que alguna vez me había enamorado. Tampoco quería aceptar que no tenía la más mínima idea de cómo debía comportarme. Sólo moví la cuchara en círculos para que se disolviera el azúcar en el café y no volví a abrir la boca hasta que ella terminó de hablar.

—No es que quiera generalizar, claro, pero a ustedes los hombres sólo les interesa hablar sobre cuestiones abstractas, como el fundamento de las cosas, la situación del mundo, etcétera. Las mujeres, en cambio, preferimos hablar sobre la vida; cuando estamos bien hablamos de lo que les pasa a los demás, en qué anda tal, qué es de la vida de fulana; y cuando estamos mal hablamos de nosotras mismas. ¿Me explico? Ustedes son idealistas; nosotras estamos más conectadas con la realidad. Al menos, eso es lo que pienso, esa es la conclusión a la que he llegado después de compartir tanto tiempo con Luis… A él, el mundo se le estaba viniendo encima y no se daba cuenta. No se planteaba por qué vivíamos juntos. Simplemente lo hacía. Se levantaba temprano, preparaba los desayunos, se vestía y después se iba a la empresa donde trabajaba como administrador. Mi vida era más o menos lo mismo, con la diferencia de que, en el fondo, yo no la aceptaba, no estaba de acuerdo. Por la noche, yo llegaba primero y en menos de diez minutos preparaba algo de comer; un plato que a una persona normal le hubiese llevado casi una hora de preparación, a mí me llevaba dos segundos. ¿Te das cuenta? Necesitaba que pasara rápido el tiempo… Después él venía, abría y cerraba la puerta; dejaba su maletín en el perchero, nos dábamos un beso, cenábamos y nos íbamos a dormir… Esa era nuestra rutina. Además, no sabés lo que es ese departamento: un dedal. Tiene un solo dormitorio y, para poder andar con comodidad, sin estorbarnos, nunca le habíamos puesto muebles… Tampoco colgamos nada en las paredes; ni un cuadro, ni una foto; nada, como el pasillo de un hospital. A alguna gente le gusta, piensa que es minimalismo, una nueva forma de decoración. Sin embargo, no es así; la realidad es que a ninguno de los dos jamás nos importó cambiarlo. Así lo alquilamos y así quedó… Muchas veces me he preguntado por qué no le dimos otro aspecto, no sé, por qué no hicimos algo para transformarlo. ¿Y sabés qué? Estoy convencida de que fue así porque de algún modo necesitábamos representar nuestro vacío, materializarlo, necesitábamos convertir lo que sentíamos en algo concreto… Así funciona nuestra mente; tiende a ver aquello que no se puede ver…

Siguió hablando durante una media hora sin parar. Recién cuando notó que el cortado se le estaba enfriando, hizo una pausa, lo levantó y se lo bebió todo de un solo trago. Llevaba puesta una remera de verano; cada tanto, antes de decir algo que le podía avergonzar, agarraba uno de los breteles y se lo acomodaba encima del hombro. Sus padres habían fallecido en un accidente automovilístico, me dijo, iban de vacaciones a San Bernardo y chocaron de frente contra una camioneta. De alguna forma, esa tragedia había acelerado los pasos, le había abierto las puertas a otros pensamientos, a mirar las cosas desde otra perspectiva. Y con el paso del tiempo le otorgó las fuerzas que necesitaba para alejarse de Luis y del departamento.

—Hoy a la siesta, volví del trabajo, junté algo de ropa, te llamé por teléfono, después busqué una lapicera y, como no sabía bien qué era lo que quería escribir, simplemente, me despedí: “No voya estar por unos días. No te preocupes. Cuidáte mucho”… Y eso ha sido todo –dijo para terminar.

Me recosté sobre la silla, y después de pasarme la mano por el pelo y ordenar un poco lo que ocurría en mi mente, le pregunté:

—¿Y qué vas a hacer ahora?

—¿Cómo que qué voy a hacer ahora?

—Sí. Eso. ¿Cuáles son los próximos pasos?

—Nada. Por ahora voy a estar unos días con mi abuela. Las dos necesitamos compañía. Después, no sé…

—¿Y por qué se te ocurrió llamarme?

—Uf… Es muy largo para contártelo –dio vuelta la muñeca y miró la hora en el reloj–. Mi abuela me está esperando. Pero otro día nos juntamos y la seguimos. ¿Te parece? Tenés que hablarme un poco de vos también. ¿O no?

Intenté darle una respuesta pero no pude, temía que las palabras se convirtiesen en una especie de juramento, en una garantía de lo que más adelante iba a suceder. Ella hurgó en el bolsillo de la maleta y sacó la plata para pagar la cuenta; después me extendió una tarjeta personal.

—Este es el teléfono de mi trabajo –indicó–. Voy a tener el celular apagado por unos días, así que cualquier cosa que te haga falta me llamás ahí…

Nos pusimos de pie. Ella me tomó del brazo y me dio un beso en la mejilla. Agregó algunos detalles más a la situación, pero no los entendí. Simplemente volví a sentarme. Unos metros antes de salir a la vereda, se dio la vuelta y me saludó de nuevo, moviendo la palma de la mano. Siempre recuerdo esa imagen, como si se tratara de la última vez que la vi; afirmada sobre aquella maleta de viaje, apretando el paquete de pañuelos de papel. Una atmósfera. Nada más que eso. Una atmósfera de lo que parecía ser el fin.

La renuncia


Todo se reducía a una cuestión de márgenes, de límites que me aprisionaban, que no me dejaban mover. Mi mundo era un mundo de góndolas y mercaderías, de paredes de durlock y lámparas de bajo consumo. Y necesitaba abrirme, desbordarme. Saber quién era verdaderamente, cómo estaban formados mis deseos, para qué había sido hecho una tarde de verano de 1982. No creía en el trabajo. Quiero decir que no creía en aquello que todos suponemos que es el trabajo. Me resistía. Estaba vacío. No tenía nada para entregar a los demás. Me había transformado en un punto medio entre la arrogancia y la sumisión.

–El problema es que usted mira las cosas en perspectiva –dijo mi jefe la tarde que me presenté en su oficina para firmar la renuncia– ¿Sabe a lo que me refiero? ¿Tiene alguna mínima idea de lo que le estoy hablando? Usted se proyecta hacia el futuro, Vázquez; se adelanta a los hechos. Y eso es una estupidez. Nadie sabe lo que ocurrirá mañana. ¿Por qué cree que aquí no está su vocación? ¿Por qué? ¿No sabe por qué? PORQUE PIENSA, VÁZQUEZ. Piensa las cosas al derecho y al revés. Las estruja. Saca cuentas. Cuando, en realidad, lo que debería hacer es dejarse llevar por la corriente de las cosas. Es así, el que no se cuestiona es feliz. No piense, Vázquez, y podrá dormir en paz… No piense y será decididamente un hombre.

–Hay cosas que se deben pensar, si no queremos equivocarnos.

–Bueno, todos a veces nos equivocamos, todos somos seres humanos, de eso no hay dudas… No se olvide de lo que le hemos enseñado acá. Me refiero al sentido de la humanidad, Vázquez; Walmart es una empresa donde los empleados aprenden lo que significa la humanidad. Acá se descubre qué es eso de haber venido al mundo. Si usted nunca lo aprendió, haga de cuenta que no aprendió nada.

–Me parece que no debería preocuparse tanto por mí. Al menos yo no lo hago.

–Está bien, Vázquez –dijo mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero-. Usted tiene que entenderme, mi tarea es que aquí las cosas funcionen… Después, queda en su poder la decisión. Una vez que usted salga de esta oficina, podrá hacer lo que quiera… Lo que quiera, ¿me comprende?

Luego de decirme algunas cosas más y de estrecharme la mano, tuve la impresión de que aquel hombre estaba muerto. Nunca había pasado por esa clase de experiencia. Nunca había entrado en una morgue ni tenía la más mínima idea de cómo son los organismos cuando mueren. Sin embargo, a medida que salía del edificio y me dirigía hacia la parada del colectivo, imaginé que su cuerpo era un cuerpo sin vida, un amasijo de materia, tosca y fría, al igual que las luces de la ciudad.